Vinieron los fariseos y los saduceos para tentarle, y le pidieron que les mostrase señal del cielo. Mas él respondiendo, les dijo: Cuando anochece, decís: Buen tiempo; porque el cielo tiene arreboles. Y por la mañana: Hoy habrá tempestad; porque tiene arreboles el cielo nublado. ¡Hipócritas! Sabéis distinguir el aspecto del cielo, ¡mas las señales de los tiempos no podéis! La generación mala y adúltera demanda señal; pero señal no le será dada, sino la señal del profeta Jonás. Y dejándolos, se fue.
Este texto muestra una ocasión en la que los fariseos y saduceos, dos de los principales grupos religiosos del judaísmo del Segundo Templo, le piden a Jesús que les muestre una señal del cielo. Jesús responde destacando su hipocresía, dando a entender que no son capaces o no tienen interés en reconocer las señales de los tiempos, que pueden ser tan claras como el aspecto del cielo.
Jesús pone el ejemplo del clima. Cuando menciona los «arreboles», se refiere al cielo rojizo que se ve en las nubes al atardecer o al amanecer. A partir de la observación de las nubes, se puede predecir o tener más o menos claro si va a llover o no; y más todavía la gente de aquel tiempo, en el que la agricultura era el trabajo de muchas personas y estaban acostumbrados a ello.
El tipo de señal que los fariseos y saduceos le estaban pidiendo a Jesús, se entiende, era una señal milagrosa, que demostrase que Él era el Mesías. Sin embargo, Jesús llama a esa generación «mala y adúltera» y señala que la señal que van a recibir es la del profeta Jonás. Anteriormente, en Mateo 12: 40-42, Jesús había dicho ya a qué se refería con esta señal:
Porque como estuvo Jonás en el vientre del gran pez tres días y tres noches, así estará el Hijo del Hombre en el corazón de la tierra tres días y tres noches. Los hombres de Nínive se levantarán en el juicio con esta generación, y la condenarán; porque ellos se arrepintieron a la predicación de Jonás, y he aquí más que Jonás en este lugar. La reina del Sur se levantará en el juicio con esta generación, y la condenará; porque ella vino de los fines de la tierra para oír la sabiduría de Salomón, y he aquí más que Salomón en este lugar.
La señal del profeta Jonás hace un paralelismo entre el tiempo en que Jonás estuvo en el vientre del pez y la muerte de Jesús. De la misma forma que Jonás salió, predicó y la ciudad de Nínive se arrepintió, la muerte y resurrección de Jesús abrió el camino para que los gentiles y todo aquel que en Él crea sea salvo. Por eso Jesús pone el ejemplo de Nínive y la Reina del Sur; porque sí supieron reconocer el mensaje de Dios y arrepentirse.
¿Cuál es el contexto de Mateo 16:1-4?
- Los fariseos y saduceos habían ido repetidas veces a Jesús para tentarle o probarle de diferentes maneras. En otra ocasión le preguntaron «¿Con qué autoridad haces estas cosas?» (Mateo 21:23).
- Las intenciones de los fariseos y saduceos no eran buenas; no venían a Cristo con intención de creer en Él o reconocerle, sino para «tentarle» o «ponerlo a prueba». Aunque los fariseos y saduceos eran grupos religiosos que tenían diferencias muy grandes entre sí y estaban enfrentados, tenían un interés común en atacar a Jesús.
- Los judíos tenían mucho interés en las señales, como forma de que Dios atestigüe algo. El apóstol Pablo dijo en 1 Corintios 1:22-24 que «los judíos piden señales y los griegos buscan sabiduría».
- Tanto en el texto de Mateo como en el mismo texto en Marcos, la demanda de una señal aparece después de que Jesús hubiera alimentado a 4000 personas, multiplicando unos pocos panes y peces.
- No obstante, en otro texto de la Escritura antes de ese pasaje, como Mateo 12:40-42, aparece también la mención de la señal del profeta Jonás, lo que da a entender que es posible que en otra ocasión más le pidieran también una señal y Jesús les respondiera igualmente con la señal del profeta Jonás.
¿Qué podemos aprender de Mateo 16:1-4?
Aquí hay algunas enseñanzas que podemos extraer del texto de Mateo 16:1-4.
1. El problema no es que Dios no hable claro, sino que el corazón incrédulo no quiere ver las señales de Dios
Jesús había hecho muchos milagros hasta ese momento; los fariseos y saduceos habían oído de ellos, o incluso los habrían visto hacer directamente. Lo tenían delante, pero no les bastaba.
El problema no es que Jesús no estuviera dando muestras claras de quién era; el Padre estaba dando un testimonio claro acerca de Él. Las señales de los tiempos estaban ahí, pero ellos seguían sin querer verlas. El problema es que los fariseos y saduceos estaban más interesados en encontrar una excusa para poder acusarle que en creer en Él.
Cuando el corazón no es sincero, busca lo suyo y no busca la verdad, da igual cuántos milagros o razones se den. El problema no está en el emisor (Dios), sino en el receptor, que ama más las tinieblas que la luz, y busca excusas para ello. Jesús está esperando que le reconozcamos por lo que Él es y por lo que Él hace.
2. La señal que Dios quería dar es Jesús crucificado y resucitado, aunque esa no era la señal que ellos deseaban
La señal más rotunda de que Él era el Hijo de Dios es su muerte y resurrección. Dios no siempre nos va a dar las señales que nosotros deseamos; lo que Él quiere decirnos puede que no siempre encaje en nuestras expectativas o nuestros planes. Pero somos nosotros los que tenemos que amoldarnos su voluntad y aceptar su Palabra tal cual es, en lugar de la que a nosotros nos gustaría.
Nuestro empeño y deseo de encasillar a Dios en nuestros planes hace que no lo veamos como Él es; y eso es una forma de idolatría, porque en lugar de aceptar su revelación sobre cómo Él es y lo que ha venido a hacer, hemos puesto nuestra idea preconcebida conforme a nuestro engañoso corazón en un altar.
Muchos en la época posiblemente esperaban un Mesías político, que devolviese a Israel a la posición de poder que había tenido siglos antes con David y Salomón, y que no simplemente hiciese milagros. Otros puede que simplemente vieran a Jesús como una amenaza a los privilegios y el protagonismo religioso que habían ganado en la sociedad judía; veían a Jesús como un rival, como alguien que denunciaba su orgullo, su falsedad, su avaricia y, en definitiva, el estatus que habían alcanzado.
Pero no es esa la libertad que Cristo había venido a traer. La idea de un Mesías crucificado y resucitado al tercer día podía no encajar en los planes de muchos, que estaban más centrados en lo visible y en lo terrenal; pero el plan de Dios es siempre infinitamente mejor que el nuestro. Cristo rasgó el velo del templo, puso fin al sacrificio de animales por los pecados y venció a la muerte para que podamos tener vida con Él eternamente.
3. Las señales de los tiempos son claras y evidentes para quien está realmente dispuesto a verlas
Sólo hay una cosa que nos lleva a no ser conscientes de las señales de los tiempos; y es que no tengamos la voluntad de verlas, que cerremos nuestros y nuestros oídos, y que no seamos sinceros con Dios.
De la misma forma que las señales de los tiempos eran claras para quienes sí reconocieron al Mesías y no lo eran para quienes amaron más las tinieblas que la luz, en la actualidad podemos encontrarnos en la misma situación con respecto a la Segunda Venida.
El día ni la hora nadie lo sabe; pero el que permanece ajeno a lo que Dios dice en su Palabra y se deja llevar por el mundo, será como los fariseos y saduceos en la Primera Venida. Le pillará de sorpresa, como ladrón en la noche, no encajará en sus planes y expectativas. Sin embargo, como Jesús dijo, «todo aquel que es de la verdad oye mi voz» (Juan 18:37) y «mis ovejas oyen mi voz, y yo las conozco, y me siguen» (Juan 10:27). El Espíritu Santo da testimonio de que somos hijos de Dios, y sabemos que por medio de Él podemos reconocer las señales de los tiempos y no vivir ciegamente.
“Porque no nos ha puesto Dios para ira, sino para alcanzar salvación por medio de nuestro Señor Jesucristo, quien murió por nosotros, para que, ya sea que velemos o que durmamos, vivamos juntamente con Él» (1 Tesalonicenses 5:9).
