Entonces Saulo se levantó de tierra, y abriendo los ojos, no veía a nadie; así que, llevándole por la mano, le metieron en Damasco, 9 donde estuvo tres días sin ver, y no comió ni bebió. Había entonces en Damasco un discípulo llamado Ananías, a quien el Señor dijo en visión: Ananías. Y él respondió: Heme aquí, Señor. 11 Y el Señor le dijo: Levántate, y ve a la calle que se llama Derecha, y busca en casa de Judas a uno llamado Saulo, de Tarso; porque he aquí, él ora, 12 y ha visto en visión a un varón llamado Ananías, que entra y le pone las manos encima para que recobre la vista. 13 Entonces Ananías respondió: Señor, he oído de muchos acerca de este hombre, cuántos males ha hecho a tus santos en Jerusalén; 14 y aun aquí tiene autoridad de los principales sacerdotes para prender a todos los que invocan tu nombre. 15 El Señor le dijo: Ve, porque instrumento escogido me es este, para llevar mi nombre en presencia de los gentiles, y de reyes, y de los hijos de Israel; 16 porque yo le mostraré cuánto le es necesario padecer por mi nombre. 17 Fue entonces Ananías y entró en la casa, y poniendo sobre él las manos, dijo: Hermano Saulo, el Señor Jesús, que se te apareció en el camino por donde venías, me ha enviado para que recibas la vista y seas lleno del Espíritu Santo. 18 Y al momento le cayeron de los ojos como escamas, y recibió al instante la vista; y levantándose, fue bautizado. 19 Y habiendo tomado alimento, recobró fuerzas. Y estuvo Saulo por algunos días con los discípulos que estaban en Damasco. (Hechos 9:8-19)
1. Dios no depende de nosotros, pero nos hace parte de su obra
Cuando vemos que Dios dice a Ananías en visión que vaya a orar por Pablo (en aquel momento, Saulo) para que recobre la vista, pueden surgirnos muchas preguntas. Una de ellas es qué necesidad tenía Dios de utilizar a Ananías para aquella tarea, siendo que Él podía devolverle la vista a Saulo directamente. Jesús había devuelto la vista a los ciegos en muchas ocasiones y Él podía hacerlo una vez más.
De hecho, Él estaba poniendo a Ananías en un aprieto, porque era conocido que Saulo de Tarso era perseguidor de la iglesia. Podemos imaginar que él tendría muchas objeciones y miedos a arriesgarse de aquella forma con un hombre que podía ordenar que lo metiesen en la cárcel, o lo matasen. No parece el modo más fácil en que Saulo de Tarso fuera sanado.
Sin embargo, Dios obra a veces de manera desconcertante y quiere usar a Ananías como instrumento para que ore por Saulo y le devuelva la vista. Él es Todopoderoso, pero quiere hacernos parte de su obra, que «estemos en los negocios del Padre». Primero le da a Saulo la visión de que un hombre llamado Ananías que viene a verle y ora por él. Saulo estaba ciego, orando y ayunando, y seguramente todavía estaba en estado de shock por su fuerte encuentro con Jesús.
Luego Dios le informa a Ananías de que Pablo ha tenido tal visión y lo envía, dándole detalles concretos sobre el nombre de la calle, la casa, la persona que estaba allí y el problema que tenía. ¿Nos damos cuenta de hasta qué punto Dios se había comprometido con Saulo a que fuera específicamente un hombre llamado Ananías para orar por él, y que no iba a ocurrir de otra forma?
«Ha visto en visión a un varón llamado Ananías, que entra y le pone las manos encima para que recobre la vista».
Si Ananías no hubiera respondido afirmativamente y hubiera obedecido, Saulo podía haber pensado que la visión que había tenido era falsa. Sin embargo, Dios sabía perfectamente que Ananías iba a obedecerle, hasta el punto de comprometerse y mostrarle a Saulo en visión que iba a ocurrir de esa forma y no de otra, como efectivamente sucedió.
2. Debemos estar dispuestos a obedecer a Dios
Al igual que ha pasado con muchos profetas y siervos de Dios, Ananías respondió a Dios al principio con una objeción.
«Entonces Ananías respondió: Señor, he oído de muchos acerca de este hombre, cuántos males ha hecho a tus santos en Jerusalén; 14 y aun aquí tiene autoridad de los principales sacerdotes para prender a todos los que invocan tu nombre».
En otras palabras, Ananías era consciente de que se estaba jugando la vida. Se trataba de una prueba muy importante para su fe, porque si salía mal cualquier cosa, si se había equivocado, podía haber sido encarcelado, o algo peor. Dios entiende que somos débiles y en ocasiones tenemos temor, pero no debemos quedarnos anclados en el miedo. A pesar de que aquella situación pudiera parecerle arriesgada, Ananías creyó a Dios y obedeció a Dios, convirtiéndose en su instrumento y en la respuesta de Dios para la oración de Saulo.
A veces nuestra obediencia a Dios es la misma respuesta por la que otros hermanos están pidiendo. Tenemos que ser conscientes de hasta qué punto Él quiere usarnos; no obedecerle supone que Él no nos utilice tanto como a otras personas que sí están dispuestas a obedecerle. Cuando Dios dijo «Ananías», Ananías respondió «Heme aquí».
Cuanto más te consagres y más obedezcas a Dios, Él te va a usar más en su obra, porque estás dispuesto a hacer lo que Él te dice.
3. Dios obra de maneras que no esperamos
Cuando Ananías le dice a Dios que Saulo había hecho muchos males a los santos en Jerusalén y que aún ahora era alguien que podía prender a los que invocan su nombre, pareciera que estuviera informando a Dios sobre los antecedentes de aquel individuo. Pero, en realidad, lo que estaba mostrando eran sus propios temores; Dios sabe perfectamente lo que Pablo había sido hasta ese momento, pero también cómo Él lo iba a utilizar a partir de aquel momento.
Dios no obra de la forma en la que nosotros esperamos; Él no escoge necesariamente al que parece que está más cerca de Él o que en apariencia parece más cerca de convertirse, sino que puede elegir a una persona completamente contraria a su evangelio y transformarla por completo, sin que importe de dónde venga. Ahora sólo importa lo que Cristo va a hacer de él por su gracia.
El historial de las personas no determina su futuro; Dios llama a las cosas que no son como si fuesen. Él es poderoso para transformar a Saulo en Pablo, independientemente de cómo haya sido en el pasado mientras estaba bajo las tinieblas, al igual que Él puede transformarnos a nosotros.
4. Cuando nos encontramos con Jesús, nos hacemos conscientes de nuestra ceguera
Es curioso que Pablo se hubiera quedado ciego tras su encuentro con Jesús; en cierto modo, a través de aquel mal físico, ahora él era consciente de lo ciego que estaba en su fariseísmo, mientras antes él creía que veía, aunque en realidad estaba ciego.
Dios permite a veces que ocurran experiencias duras para que nos demos cuenta de cómo está en realidad nuestra vida.
Dios le dice a Ananías que Saulo es un «instrumento suyo» y que Él le iba a mostrar «cuánto le es necesario» padecer por su nombre. Dios estaba respondiendo a los recelos de Ananías sobre Saulo, dándole a entender que él ya no sería alguien que hace padecer a los seguidores de Jesús, sino alguien que va a ser un instrumento de Dios y que va a padecer por causa de Cristo.
Llama también la atención que, al igual que Jonás estuvo en el vientre del pez o el propio Jesús sepultado, Saulo estuviera ciego durante 3 días, y luego recobrara la vista, se bautizara y se uniera a los discípulos de Jesús en Damasco. Esta experiencia viene a ser un reflejo de la muerte del viejo hombre, de la que Pablo más tarde habló en Romanos 6:4:
«Porque somos sepultados juntamente con él para muerte por el bautismo, a fin de que como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en vida nueva».
A partir de aquel momento, Pablo ya no andaría en tinieblas, de la misma manera que cualquiera de nosotros cuando reconocemos que sin Cristo estamos ciegos.
