los cristianos y las riquezas

¿Por qué los cristianos no deben confiar en las riquezas?

«Los que confían en sus bienes, y de la muchedumbre de sus riquezas se jactan, ninguno de ellos podrá en manera alguna redimir al hermano, ni dar a Dios su rescate (porque la redención de su vida es de gran precio, y no se logrará jamás» (Salmo 49:6-8).

La Biblia nos alerta sobre la necedad de confiar en las riquezas, en lugar de poner a Dios como el centro de nuestras vidas. Decir que no pongamos nuestra fe en el dinero no es un capricho divino, ni una mera invitación a llevar una vida más espiritual.

Es que poner la fe en las riquezas es, en sí mismo, una insensatez, porque las riquezas no pueden darnos salvación, que es lo que el hombre necesita. Y la salvación es conocer a Cristo, que es el único que puede pagar nuestra redención, y no con dinero, pues no es posible, sino con su vida.

1. Las riquezas no te van a salvar

Una de las razones por las que los hombres acumulan riquezas es porque piensan que, al tener gran cantidad de recursos, podrán hacer frente con mayor eficacia ante cualquier adversidad. Acumular riquezas viene a ser como un intento del hombre de estar protegido ante un futuro incierto. Y en esa idea, olvida el hecho de que tiene que morir.

Sin embargo, la Biblia dice que el futuro del hombre es muy claro. Como refleja el Salmo 49, las riquezas no pueden salvarme a mí, ni tampoco a mi hermano. Todo lo que es querido para alguien perecerá en algún momento, y las riquezas no van a poder impedirlo.

2. La raíz de todos los males es el amor al dinero

El apóstol Pablo dice en 1 Timoteo 6:10 que «la raíz de todos los males es el amor al dinero, el cual, codiciando algunos, se extraviaron de la fue, y fueron traspasados de muchos dolores». El texto no habla del hecho en sí de tener dinero, sino de la codicia y del amor al dinero. Una persona puede ser pobre, y sin embargo haber puesto el dinero como un ídolo en su vida. El mal es el mismo que si fuera rico y amara sus riquezas por encima de Dios.

Uno de los males (y el más grave) al que puede dar lugar el amor al dinero es, precisamente, el extraviarse de la fe. Dejar de lado las cosas eternas por las cosas temporales es, una vez más, una necedad. Pablo habla de personas que codiciaron el dinero y se extraviaron de la fe, «y fueron traspasados de muchos dolores». El dinero, a pesar de que prometa protegernos ante la adversidad y el futuro, no impide que seamos traspasados de muchos dolores.

3. Las riquezas suelen traer ansiedad y preocupación

Dice en Eclesiastés 5:12 que «dulce es el sueño del trabajador, coma mucho, coma poco; pero al rico no le deja dormir la abundancia». Muchas veces las personas que ambicionan riquezas no se dan cuenta de que su situación no necesariamente mejoraría por el hecho de tener riquezas. De hecho, la misma codicia que le ha llevado a poner las riquezas como el centro de su vida puede conducirle a perder completamente la paz.

Contra todo pronóstico, parecería que en el momento de acumular riquezas el pobre podría dormir tranquilo y sentirse seguro ante el futuro. Pero no. Ahora resulta que «no le deja dormir la abundancia». Esto refleja que el problema no es la escasez o la abundancia, sino la preocupación por el futuro. Primero es el miedo a no tener nada; después, el miedo a perderlo todo.

4. Confiar en las riquezas es tener miedo del futuro

El que confía en las riquezas es alguien que teme el futuro en exceso, en lugar de confiar en Dios. Por el contrario, los cristianos debemos confiar en que nuestros tiempos están en las manos del Señor (Salmo 31:15). Que por mucho que nos esforcemos no podremos añadir a nuestra estatura un codo (Mateo 6:27).

Eso no significa que no trabajemos, o que no nos esforcemos, pero poner nuestra confianza en las riquezas significa que estamos olvidando que «pues aun los cabellos de vuestra cabeza están todos contados» (Lucas 12:7).

5. La riqueza es perecedera

Acumular riquezas por miedo al futuro viene a ser como construir un muro para que nada nos alcance. Dice Proverbios 18:11: «La riqueza del rico es su baluarte y este cree que sus muros son inalcanzables». Aquí debemos fijarnos en la palabra «cree», pues no está diciendo que los muros de la riqueza sean inalcanzables, sino que el rico cree que lo son.

En realidad, Jesús ya nos advirtió: «No os hagáis tesoros en la tierra, donde la polilla y el orín corrompe, y donde ladronas minan y hurtan; Mas haceos tesoros en el cielo, donde ni polilla ni orín corrompe, y donde ladrones no minan ni hurtan» (Mateo 6:19-20). Igual que el dinero ha venido, puede marcharse si Dios así lo permite. El mundo en el que vivimos sólo nos demuestra una y otra vez que no hay nada seguro ni digno de nuestra confianza, sino únicamente el Señor.

6. El dinero no sacia; Jesucristo sí.

Dice también en Eclesiastés 5:10: «El que ama el dinero, no se saciará de dinero; y el que ama el mucho tener, no sacará fruto».

El corazón del ser humano, en el fondo, no anhela el dinero por sí mismo, sino lo que cree erróneamente que el dinero le puede dar: seguridad absoluta frente al futuro. Si bien la Biblia aprueba que el hombre ahorre, tenga riquezas y administre el dinero con sabiduría, hay una necesidad en el interior de la persona que no podrá nunca ser saciada con riquezas, y es un vacío que sólo Dios puede llenar.

7. El amor al dinero no da la gloria a Dios

Jesús, en Mateo 6:24, dice que «ninguno puede servir a dos señores», contraponiendo a Dios y las riquezas como señoríos contrapuestos. El apóstol Pablo identifica la avaricia en Colosenses 3:5 como idolatría. La idolatría del dinero supone darle un trato a éste que no le corresponde, ni merece, pues la gloria y el amor de los hombres sólo pertenece a Dios.

Todo lo que hemos dicho anteriormente tiene que ver con nosotros mismos, y de algún modo, no debemos confiar en las riquezas por nuestro propio bien. Dios nos está ayudando cuando nos dice que no confiemos en las riquezas.

Pero aún más importante que nuestro propio bien es que Dios reciba toda la gloria y alabanza que sólo Él merece. En este sentido, el amor al dinero supone convertirse en siervo del dinero, lo que por omisión nos lleva a despreciar a Dios y no amarlo a Él por encima de todas las cosas.