por nada estéis afanosos

Por nada estéis afanosos

Por nada estéis afanosos, sino sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias. Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús.

Filipenses 4: 6-7

La carta de Pablo a la iglesia de Filipos se escribió mientras Pablo estaba prisionero en Roma, aproximadamente en torno al año 61 d.C. También llamada la «Epístola del Gozo», en ella el apóstol anima a los filipenses a permanecer «firmes en un mismo espíritu» y les hace partícipes del «entrañable amor» que sentía por ellos.

A pesar de que estaba prisionero, en Filipenses 1:4 Pablo dice:

«Doy gracias a mi Dios siempre que me acuerdo de vosotros, siempre en todas mis oraciones rogando con gozo por todos vosotros».

En este contexto, Pablo les exhorta a «permanecer unánimes» (Filipenses 2:2), a «no hacer nada por contienda ni vanagloria» (Filipenses 2:3) y a que haya en ellos «el mismo sentir que hubo en Cristo Jesús» (Filipenses 2:5).

Casi al final de la carta, en el capítulo 4, invitando a los cristianos preocupados por él y la situación que estaban viviendo, y que habían combatido juntamente con él el evangelio (4:3), a regocijarse en el Señor. Posteriormente, aparece el versículo de cabecera:

Por nada estéis afanosos, sino sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias. Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús.

Por nada estéis afanosos

Los creyentes de Filipos tenían muy buenos motivos para estar afanosos, preocupados y asustados por la situación que estaba viviendo Pablo, a causa del evangelio, y la que podían vivir ellos mismos. Nosotros, por diferentes motivos, tendemos también al afán y la preocupación.

Sin embargo, el afán y la ansiedad puede llevarnos a un estado de tristeza y parálisis que Dios no quiere para nosotros, a pesar de que estemos pasando por circunstancias difíciles.

Jesús nos advirtió también acerca de la ansiedad, en especial por las cosas materiales, ya que nuestro Padre Celestial tiene cuidado de nosotros:

«No os afanéis por vuestra vida, qué habéis de comer o qué habéis de beber; ni por vuestro cuerpo, qué habéis de vestir».

 (Mateo 6:25)

Pero también nos avisó sobre el miedo y la ansiedad ante las persecuciones y prisiones, como el que estaba viviendo la iglesia de Filipos:

«No temáis a los que matan el cuerpo pero no pueden matar al alma; más bien temed a aquel que puede destruir el alma y el cuerpo en el infierno».

(Mateo 10:28)

El miedo, la ansiedad y el afán son realidades que afectan a los cristianos por diferentes motivos, pero Jesús nos invita a no estar afanosos.

Sino sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego

Aquí se pone la presentación de nuestras peticiones delante de Dios como algo opuesto al afán y la ansiedad. Es decir, podemos tomar dos caminos excluyentes:

  1. Seguir afanándonos, preocupándonos y vivir con miedo, algo que saldrá de forma natural en situaciones donde nos sentimos amenazados o en peligro.
  2. Presentar nuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego.

Compartir nuestros problemas y preocupaciones con Dios es la forma en la que podemos luchar contra el afán y el miedo que hay en nuestro corazón.

De este modo, el texto desvía la atención sobre el problema en sí que nos preocupa, y lo pone en nuestro «afán». Si bien nuestros problemas son importantes y Dios atenderá a nuestras peticiones, a Él no sólo le importan éstas, sino el afán y la ansiedad que sentimos cuando tenemos falta de algo.

De hecho, en realidad, no es nuestra carencia o nuestra petición el principal problema, sino nuestro afán por tenerlo todo bajo control, cuando es Dios en su soberanía quien tiene todo bajo su mano.

Con acción de gracias

La Biblia nos invita no solamente a orar para combatir el afán y la ansiedad, sino también a hacer acción de gracias.

El agradecimiento pone el foco no en nuestras peticiones y carencias, sino en lo que ya tenemos y que Dios nos ha dado por su gracia. Nuestra mente tiende a fijarse en lo negativo, en las circunstancias difíciles que estamos viviendo ahora. Para la iglesia de Filipos esto era una realidad en medio de las prisiones de Pablo y la persecución.

Nuestros problemas en las iglesias occidentales, sin las persecuciones que enfrentan otros hermanos en Cristo, tienden a ser de naturaleza distinta, y no siempre son por causa del evangelio. Pero la solución sigue siendo la misma: «con acción de gracias». Porque pedirle algo a Dios implica reconocer que todo lo que tenemos nos ha sido dado. Y tendemos a no fijarnos en ello.

Pero Dios tiene que mostrarnos que nuestras preocupaciones suelen ser por problemas temporales. Cosas que desaparecerán por completo cuando estemos en la presencia de Dios. También dijo esto Pablo en su carta a los Romanos: «Pues tengo por cierto que las aflicciones del tiempo presente no son comparables con la gloria venidera que en nosotros ha de manifestarse» (Romanos 8:18).

Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús.

Aquí debemos fijarnos en un punto importante del texto. No dice que cuando el Señor haya respondido a nuestras peticiones tendremos «la paz de Dios que sobrepasa todo entendimiento».

No es cuando Dios la respuesta que tenemos paz, sino cuando le dejamos nuestras peticiones y le damos gracias.

Lo expone más bien como una consecuencia de la oración y el agradecimiento genuinos.

  1. Estás afanoso
  2. Presentas tus peticiones a Dios y le das gracias.
  3. La paz de Dios guardará tu corazón y tus pensamientos.

Llegados a este punto, alguno podrá decir. ¿Y si yo he orado, pero sigo estando preocupado? Si oramos y después seguimos afanándonos, es que estamos poniendo el foco en que Dios nos dé la respuesta a nuestra petición, no en dejar nuestra ansiedad en sus manos. Así, lógicamente, cuanto más tarda la respuesta a nuestra petición, más nos irritamos y más ansiosos estamos.

Lo cierto es que Dios puede darnos lo que le pedimos. Pero eso no hará que nuestra ansiedad desaparezca. La mente siempre encontrará algo nuevo con lo que preocuparse. Mientras estemos en este mundo, habrá problemas de los que preocuparse. Entonces, la solución para vencer nuestro afán y miedo es orar y ser agradecidos. Pero tenemos que estar dispuestos a no querer el control de todo.

Dios escucha nuestras peticiones y a su tiempo nos dará la respuesta. Pero Él está muy interesado en que no estemos afanosos, en que no intentemos controlarlo todo, en que no dependamos de que suceda esto o lo otro para tener paz en Él.

Si esto es así para sufrimientos como la persecución por causa de Cristo, también lo es para cualquier necesidad que experimente un cristiano, sea física, económica o relacional.

Debemos asumir que Él tiene la soberanía sobre nuestras vidas, nuestros tiempos y las circunstancias difíciles que vivimos. Ni siquiera el miedo de morir debe angustiarnos.

Pablo sabía muy bien que las circunstancias que estaba experimentando no pueden compararse a lo que nos ha sido dado: «Porque para mí el vivir es Cristo y el morir es ganancia» (Filipenses 1:21).

Nuestras circunstancias son temporales, porque Él mismo ha prometido prepararnos una nueva morada en el Cielo (Juan 14:2). Pero además, debemos tener siempre presente que Dios no sólo es soberano, sino que también es bueno.

Gustad, y ved que es bueno Jehová; Dichoso el hombre que confía en él

Salmo 34:8

El agradecimiento cambia nuestra queja y nuestra preocupación por gozo. Los cristianos de Filipos y el apóstol Pablo tenían muchos motivos para estar preocupados, con peligro físico para su propia vida. Y sin embargo, una epístola escrita desde las prisiones se ha venido a llamar la Epístola del gozo.